De Cocina y Más

Cocina, hogar y mucho más

Salud

Hígado graso: la condición silenciosa que casi nadie ve

El caso (ilustrativo)

Laura tiene 45 años, trabaja en una oficina, camina poco y cena tarde. No bebe alcohol casi nunca. Se hizo un chequeo de rutina “porque ya tocaba” y las transaminasas salieron ligeramente elevadas. Su médica pidió una ecografía abdominal y el informe decía: “aumento difuso de la ecogenicidad hepática, compatible con esteatosis”. Laura salió del consultorio con una palabra nueva y un susto: hígado graso. “Pero si yo no tomo”, le dijo a su hermana por teléfono.

La historia de Laura es muy común y sirve para entender uno de los problemas de salud más frecuentes del mundo moderno.

Qué le explicaron

El hígado graso es la acumulación excesiva de grasa en las células del hígado. Hasta hace poco se llamaba “enfermedad por hígado graso no alcohólico”, y desde 2023 las sociedades científicas internacionales proponen el término enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD, por sus siglas en inglés), porque subraya su relación con el metabolismo: sobrepeso, obesidad abdominal, resistencia a la insulina, colesterol y triglicéridos elevados e hipertensión.

La mayoría de las personas no tiene síntomas. A veces hay cansancio o molestia vaga en la parte superior derecha del abdomen, pero muchas veces se descubre por casualidad. Y no es una condición inofensiva: en una parte de los casos la grasa genera inflamación, que con los años puede derivar en fibrosis (cicatrización) y, en un grupo menor, en cirrosis. También se asocia con mayor riesgo cardiovascular, por lo que su detección es una oportunidad para revisar la salud integral.

Cómo se detecta

  1. Análisis de sangre. Las transaminasas (ALT y AST) pueden estar elevadas, aunque también pueden ser normales, por lo que un resultado normal no descarta el problema.
  2. Ultrasonido. Es el estudio de imagen más usado para sospecharlo porque es accesible, no tiene radiación y detecta cuando hay una cantidad importante de grasa. Un ultrasonido no mide con exactitud cuánta grasa hay ni si ya existe cicatrización, por eso se complementa con otros datos.
  3. Estimación de fibrosis. Se usan fórmulas sencillas que combinan edad, plaquetas y transaminasas, como el índice FIB-4. Según el resultado, el médico decide si hace falta una elastografía (un tipo especial de ecografía que mide la rigidez del hígado) u otras valoraciones.
  4. Revisión del metabolismo. Glucosa, hemoglobina glucosilada, perfil de lípidos, presión arterial y medidas de cintura completan el panorama.
Doctor examining woman with ultrasound

A quién afecta

Aunque es más frecuente en personas con sobrepeso, también puede presentarse en personas delgadas con resistencia a la insulina o grasa visceral. La diabetes tipo 2 y el síndrome metabólico son los grandes acompañantes. En países como México, donde la obesidad y la diabetes son frecuentes, el hígado graso se considera un problema de salud pública.

Lo que sí funciona

La noticia buenísima es que, en etapas tempranas, el hígado graso es potencialmente reversible. La evidencia más sólida apunta a:

  • Pérdida de peso gradual. Bajar entre 7% y 10% del peso corporal mejora la grasa y la inflamación hepática en muchas personas. No hace falta una dieta extrema; los descensos rápidos incluso pueden empeorar el cuadro.
  • Patrón de alimentación tipo mediterráneo. Verduras, frutas, legumbres, granos integrales, pescado, aceite de oliva y frutos secos, con pocos ultraprocesados.
  • Reducir azúcares añadidos, sobre todo bebidas azucaradas, jugos industriales y refrescos. La fructosa en exceso se relaciona con acumulación de grasa en el hígado.
  • Ejercicio regular. Aeróbico y de fuerza, al menos 150 minutos semanales de intensidad moderada, mejora la grasa hepática incluso sin perder peso.
  • Moderar o evitar el alcohol, de acuerdo con la indicación médica.
  • Control de diabetes, colesterol y presión, con el tratamiento que el médico considere.
  • Cuidado con suplementos “para el hígado”. No hay evidencia sólida de que los productos herbolarios populares lo desintoxiquen, y algunos pueden dañarlo.

Qué pasó con Laura

Con ayuda de una nutrióloga, Laura empezó por pasos pequeños: cambió los refrescos por agua, cenó más temprano, caminó treinta minutos cuatro veces a la semana y sumó dos sesiones de ejercicios de fuerza. A los seis meses había bajado un poco de peso, sus transaminasas se normalizaron y su médica programó un seguimiento con nuevo ultrasonido para valorar la evolución, además de un control anual de metabolismo. Laura no “curó su hígado en un mes”, pero cambió la dirección en la que iba.

Lo que queda

El hígado graso es una de esas enfermedades que casi nunca avisan y casi siempre responden a los hábitos. No se trata de culparte, sino de aprovechar la oportunidad: una cifra alterada en un chequeo es una invitación a actuar mientras todavía hay margen. Si tienes factores de riesgo, pregunta a tu médico si conviene revisar tu hígado, y recuerda que una mejora sostenida vale más que una dieta perfecta de dos semanas.

Caso ilustrativo con fines informativos, sin sustituir la atención médica.

You may also like...